El entusiasmo no se fuerza: se revela

Durante mucho tiempo, el entusiasmo me esquivó.

Lo busqué, lo perseguí y me pregunté una y otra vez qué era realmente. Pensé que el entusiasmo era esa energía eufórica de vivir feliz todo el día. Observaba a personas que parecían mantenerse siempre llenas de alegría, vitalidad y optimismo… y, siendo honesto, creo que las envidiaba de la mejor manera posible.

Me preguntaba: ¿Cómo lo hacen?

Incluso llegué a sentir culpa por no tener esa energía constante. Algo debía estar mal en mí. Así que empecé a buscar soluciones: más actividad física, suplementos, cambios en la nutrición, libros, videos, cursos… cualquier material que prometiera “más energía” era bienvenido.

Hasta que comprendí algo esencial.

Somos almas diseñadas por un Creador. Almas hechas a su imagen y semejanza. Almas divinas.

Cuando entendemos que el Creador es luz, energía, amor, tranquilidad, fuerza, alegría y todas las formas de emociones conocidas y desconocidas, algo se ordena por dentro. Porque al diseñar tu alma, Él colocó en ti una esencia divina.

Y aquí hay una verdad que libera: si eres una persona tranquila, también eres esencia del Creador. No necesitas ser eufórico todo el día para estar entusiasmado.

De hecho, la palabra entusiasmo proviene del griego en theos, que significa literalmente: Dios dentro de ti.

El entusiasmo es ese momento en el que sientes que estás habitado por Dios, por el Creador. Y si tu carácter es sereno, reflexivo o silencioso, también estás habitado por Él. La divinidad no se expresa solo en la intensidad; también se expresa en la calma.

Esa esencia tiene un propósito: el propósito de Dios.

Cuando hay entusiasmo, no se actúa desde un deseo personal ni desde la obligación. Se actúa desde una fuerza interior que impulsa a crear, a expresar, a avanzar con convicción. No empuja desde la presión; atrae desde el significado.

Para los griegos, el entusiasmo era una forma de inspiración superior: sentir que algo más grande que uno mismo te habita y te mueve. Esa experiencia despierta una fuerza profunda, una pasión que no siempre grita, pero que sostiene.

Platón lo asociaba con una locura divina. Aristóteles lo comprendía como energía en acción.

Ambos, desde perspectivas distintas, apuntaban a una misma verdad: el entusiasmo no se fuerza, no se fabrica, se revela cuando hay coherencia interna.

Una persona puede estar entusiasmada y cansada. Otra puede estar llena de energía, pero vacía de entusiasmo.

Porque el entusiasmo no es energía física. Es la energía que aparece cuando el alma reconoce que está caminando en la dimensión correcta.

El entusiasmo es ausencia de duda.

Cuando hay entusiasmo, la mente deja de negociar y el alma toma la palabra. No hay necesidad de explicarse, justificarse ni protegerse. No hay promesas que hacer ni resultados que demostrar.

El entusiasmo no explica. No promete. No protege. No empuja.

El entusiasmo declara.

Declara tu verdad. Declara a qué viniste. Y eso es tu propósito.

Por eso el entusiasmo se sostiene. No depende de aplausos, de aprobación externa ni de condiciones ideales. Permanece incluso en el cansancio, en los procesos largos y en la incertidumbre.

Lo que debe sostenerse no es la emoción, sino el don.

Aquello que Dios te regaló para servir a otros. Eso que, cuando lo expresas, te alinea. Eso que, aun cuando cuesta, no traicionas.

Cuando sostienes ese regalo, el entusiasmo permanece. No como euforia pasajera, sino como certeza silenciosa. No como estímulo externo, sino como dirección interna clara.

Y cuando hay certeza, la duda desaparece.

Siguiente
Siguiente

Ecos del Origen: La Búsqueda de la Homeostasis Vital